Archivo por meses: Septiembre 2015

El niño que no quería construir una bomba

El lunes pasado Ahmed Mohamed, un niño de 14 años nacido en el estado de Texas, Estados Unidos, llegó al colegio con un proyecto en el que había trabajado todo el fin de semana. Su único propósito era despertar la admiración de sus profesores: había construido un reloj alarma con piezas de descarte de otros aparatos.Pero en lugar de la admiración, se encontró en la cárcel, interrogado por cinco policías y acusado de construir una bomba falsa.

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En total tres profesores de la escuela MacArthur High School completaron informes acusándole de construir un artefacto explosivo. En el relato de la policía se especifica que el menor  “mantenía que se trataba de un reloj y no daba mayores explicaciones”.
Hoy, jueves, por fin podrá regresar a clases ya que estuvo suspendido durante tres días, una medida que también debería afectar a los tres profesores para que, en ese lapso, piensen las diferencias entre un reloj hecho con circuitos y rodeado por una carcasa con forma de tigre, y una bomba.
La repercusión fue tan grande que hasta el propio presidente Obama, desde su cuenta de Twitter, lo invitó a la Casa Blanca.

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¿Hubiera sido lo mismo si en lugar de Ahmed Mohamed, el niño se hubiera llamado supongamos, Taylor Wilson, bastante más anglosajón? Pues no. Primero ya existen al menos 7 casos de niños que llevaron relojes de autoría propia a su colegio y no fueron arrestados o castigados. Ninguno se llamaba Mohamed. Y segundo, Taylor Wilson existe y desde los 12 años, en 2010, juega con fusión y va a buscar uranio con su padre. El, ya no tan pequeño Taylor, explotó varias veces el garaje de su casa pero en lugar de ser castigado por las instituciones se lo erigió en un mito y hasta se ha escrito un libro sobre su vida.
Aunque lo que le sucedió a Ahmed es un hecho aislado (esperemos) y probablemente sea fruto del 11S, en 2001, podría fácilmente haberse convertido en una práctica que hubiera relacionado cualquier desarrollo realizado por una persona con un nombre con connotaciones más o menos musulmanas, con intenciones terroristas. Y nos hubiéramos privado de grandes avances desde aquel año. Ejemplos hay muchos. En 2013, una joven de 18 años, Eesha Khare, creó un cargador de baterías que tardaba apenas 20 segundos en completar una carga y por el que compañías como Google se mostraron muy interesadas.
El phablet, la mezcla de smartphone y tablet, fue desarrollado por el jefe de tecnología de Samsung, Omar Khan, en 2010. En 2005 Jawed Karim se convirtió en un pionero en la web al idear un sistema para subir vídeos…y co-fundar YouTube.
Más ejemplos, la física egipcia Aisha Mustafa desarrolló a los 19 años un método para propulsar naves espaciales mucho más eficiente y rápido que los conocidos hasta el momento.
La producción de nanotubos de carbono no sería tan mentada de no ser por el fundador de  la nanotecnología electroquímica: el iraní Ali Eftekhari. Y la lista sigue…

En 1559 Taqi al-Din, un matemático turco que escribió unos 90 libros sobre diferentes ramas de la ciencia, diseñó un reloj astronómico con alarma, 456 años después un niño de 14 años es encarcelado por hacer algo similar. El problema no es tanto los prejuicios o los miedos que llevaron a ese desenlace. El verdadero obstáculo es que quienes deben estimular la curiosidad, la inventiva y la imaginación de los más jóvenes no solo se puedan dejar llevar por prejuicios ocasionalmente, sino que no tengan la capacidad y los conocimientos para distinguir un invento inofensivo de uno peligroso. Y ni siquiera se tomen la molestia de hacerlo o admitirlo.

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