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“El primer escarabajo de Darwin”

“Llevaba casi 65 años con nosotros y no sabíamos que lo teníamos. Por eso, cuando vi su nombre escrito, de su puño y letra, fue como si Charles Darwin me estuviera leyendo El origen de la especies… directamente”, así relata Crystal Maier, conservadora del Field Museum de Chicago, el momento en el que encontraron, en la colección del museo, un escarabajo que el padre de la evolución había recogido en Chile, probablemente en 1834.
“Es el primer escarabajo de Darwin que encontramos – me explica Maier desde su oficina – pero seguro habrá más”. El museo tiene unos 200.000 escarabajos catalogados y seis millones aún por estudiar. Este, en particular, es un miembro de la familia Staphylinidae y según las notas que lo acompañan, Darwin lo habría recolectado en la isla de Chiloe. “Afortunadamente lo acompañó con notas de su recolección – me asegura Maier – de otro modo no podríamos considerarlo un espécimen de estudio válido. Necesitamos mucha información para ello: lugar de recolección, fecha, condiciones, etc. Todo ello nos permite saber si se trata de un ejemplar ya estudiado o que es desconocido para la ciencia”.
Obviamente este insecto no fue donado al museo por el propio Darwin, ya que la construcción comenzó diez años después de la muerte del naturalista inglés. Llegó allí en 1951 cuando el coleccionista alemán Max Bernhauer falleció y parte de su colección la compró el Fields Museum. Cómo lo consiguió Bernhauer probablemente nunca se sepa. Este alemán no era un aficionado en absoluto, a lo largo de su vida dio nombre a unos 5.000 insectos. Entre ellos a este, el Polylobus darwini.

(Kelsey Keaton / © The Field Museum)

(Kelsey Keaton / © The Field Museum)

Darle nombre a un insecto no es una cuestión de “Yo me lo guiso, yo me lo como”. Primero deben consultar un enorme libro The International Code of Zoological Nomenclature, (el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica), una guía infinita que describe cómo se “bautiza” a cualquier criatura del planeta. “No basta decir que uno lo descubrió y por eso puede ponerle el nombre que quiera – confiesa Maier–. Hay que seguir una serie de pasos y uno de ellos es dejarlo en un museo para que se estudie” . Le pregunto a esta conservadora, la responsable de los millones de insectos que hay en este museo, cómo descubren que se trata de una especie única. “En este caso en particular, lo que estudiamos es el aparato genital, su forma, tamaño y hasta la cantidad de pelos. Los genitales son muy diferentes, como una llave para una cerradura muy precisa. Por eso sabemos que nos encontramos ante una especie en particular”.

Imagen: Chloe Riley

Imagen: Chloe Riley

Toda la colección de insectos del museo, y en general de la mayoría de las instituciones,  está disponible a los investigadores, cuando ellos lo solicitan, el escarabajo de turno, se embala y se envía a cualquier lugar del mundo. “No tenemos tiempo para estudiar todos los insectos que tenemos – concluye Maier – por eso prestarlos es una ayuda mutua, para los investigadores porque pueden estudiar ejemplares raros y para nosotros porque obtenemos información muy importante. Hace poco, por ejemplo, un escarabajo se iba a introducir en un ambiente determinado porque se creía que comía unos parásitos dañinos. Por suerte descubrimos, gracias a un préstamo, que se trataba de dos especies distintas: una comía los parásitos, pero la otra las plantas. Y esta era la que se iba a utilizar en las cosechas”.

Cada ejemplar de la colección, viene acompañado de diferentes etiquetas que brindan información muy precisa, como se puede ver en la foto inferior. Por ejemplo, la etiqueta blanca que tiene un código QR, le asigna un número único, uno que ningún otro animal del mundo tiene. Y las tres etiquetas superiores, que están escritas a mano, son obra, de puño y letra, de Charles Darwin.

(Kelsey Keaton / © The Field Museum)

(Kelsey Keaton / © The Field Museum)

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Respuesta a Nature

Estimado Dean Keith Simonton:

Debo ser un animal de costumbres, pero cada vez que sale un experto a señalar un futuro en el que hemos llegado a cubrir la cuota de innovaciones o innovadores siento como un tic me sube por la espina, se me curva en los labios y me hace girar el cuello de un modo que ni Linda Blair en El Exorcista.

Me sucede a la sola mención de Lord Kelvin y eso que este noble inglés a los 10 años fue admitido en la Universidad de Glasgow, cuando cumplió los 20 publicó artículos tan innovadores en matemáticas puras que los firmaba con un seudónimo para no avergonzar a sus profesores, formuló la segunda ley de la termodinámica, escribió revolucionarios trabajos sobre electromagnetismo y teoría de la luz y, por si fuera poco patentó casi 70 inventos y escribió más de 650 artículos científicos. Pero resulta que en el año 1900, no va y tan tranquilo asegura que “ahora no hay nada nuevo que descubrir en física. Todo lo que queda son mediciones cada vez más precisas”. Cinco años después Einstein le salta a la yugular con una teoría que transformó toda la física.

También andan por ahí, rumiando sus afirmaciones, los astrónomos ingleses Sir Harold Spencer Jones y Richard van der Riet Woolley. El primero mordiéndose la lengua desde que en 1957 afirmó, en la revista New Scientist: “Soy de la opinión que pasarán generaciones antes que el hombre aterrice en la Luna. Y si, eventualmente, tuviera éxito, tendría muy pocas esperanzas de retornar sano y salvo a nuestro planeta”. Y el bueno de Richard por señalar un año antes,en la revista Time, que los viajes espaciales son “un total desperdicio”.

Yo pensaba que el tic casi había desaparecido, estimado Simonton, pero parece ser que no. Cada vez que leo la carta que publicó en Nature vuelve con más brío. Respeto su opinión, indudablemente formada y fundada después de 30 años de dedicarse a estudiar el genio científico a través de su cátedra de psicología de la Universidad de California. Pero hay ciertos cosas con las que no coincido en absoluto. Vamos por partes. Básicamente, corríjame si me equivoco, su tesis es que no habrá más genios de la talla de Einstein, Darwin, Newton, Marie Curie o Louis Pasteur (por nombrar los que usted menciona) debido a que ya no quedan grandes retos, que el funcionamiento del mundo ya se ha dilucidado. Según sus palabras “Es difícil imaginar que los científicos han desestimado algún fenómeno valioso en su campo. Los avances futuros se darán en base a lo que ya se sabe más que en conocimientos fundamentales.”

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Por ejemplo usted asegura que Galileo fue un genio porque fundó una nueva disciplina, la astronomía telescópica. Primero le recuerdo que el telescopio se creó (y aparentemente por un español) casi dos décadas antes que Galileo comenzara a observar el cielo. Es decir, el genio de este italiano fue posible gracias a una nueva tecnología. Pero si no hubiera sido él, otro habría tomado su relevo porque, como dice el libro de Thomas Kuhn, Estructura de las revoluciones científicas, que usted cita y del que voy a abusar para también fundar mis razones: “A principios del siglo XVI un creciente número de astrónomos de los mejores de Europa reconocían que el paradigma astronómico fallaba al aplicarse a sus propias tradiciones. Ese rechazo fue un prerrequisito para que Copérnico rechazara el sistema ptolomeico en su búsqueda de uno nuevo. (…) De hecho la teoría inicial de Copérnico, aunque más elaborada, no era ni más simple ni más exacta que la del sistema ptolomeico.”

Y, segundo, asegura en su carta que “por más de un siglo cualquier nueva disciplina es hija de otras dos, como la astrofísica, la bioquímica o la astrobiología…”¿No entra la astronomía telescópica en ese ámbito entonces? Y con ello, de ningún modo desmerezco la calidad de genio del sabio italiano, más bien me atrevo a cuestionar su afirmación.

Algo similar ocurre con Darwin a quien usted le etiqueta como el fundador de la biología evolutiva… una idea que ya rondaba la idea de diferentes estudiosos de la época (uno de ellos de su propia sangre: su abuelo), como por ejemplo Alfred Russel Wallace quien cinco años antes publicó Sobre la ley que regula la introducción de nuevas especies y que instó a Darwin a apurar la escritura de su libro.

O con Lavoisier y cómo desarrolló su teoría de la combustión del oxígeno que, como relata Kuhn en el libro citado “comienza en el sigloXVII con la creación de la bomba de aire y su uso en química y luego con Cavendish, Prestley y Scheele que desarrollaron varias técnicas novedosas para distinguir una muestra de gas de otra.”

Esto ocurre en casi todos los casos que usted menciona en su epístola a los genios. Todas estas mentes luminarias se han servido de innovaciones o descubrimientos hechos por sus pares…como lo declara el propio Newton cuando asegura que “Si pude ver más lejos es porque he subido a hombros de gigantes” (aunque la frase original sea de Bernardo de Chartres, lo cual es una confirmación en sí misma).

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Sí coincido con usted cuando señala que “las ciencias naturales se han convertido en algo tan grande y su base tan compleja que la mayoría del conocimiento innovador viene de equipos que colaboran persiguiendo un mismo objetivo.” En terminos comparativos contamos con grandes ventajas respecto a la “era heróica” de la ciencia entre los siglos XVI y XVII: la comunicación entre pares es mucho más fluida e instantánea, lo que permite la formación de equipos de trabajo en distintos sitios del planeta. Ejemplo de ello es el CERN.

Por ejemplo, descubrir vida en la Luna sería un cambio de paradigma, descubrirla en otro sitio del Universo no, ya que la primera es algo que jamás esperaríamos, en cambio la segunda entra en el terreno de lo probable. Por lo tanto le pregunto: un investigador, llamémosle Craig Venter, por poner un nombre, que se convierte en el primer ser humano en crear vida artificial…no entra en la categoría de genios? No, crea acaso una nueva industria, un nuevo camino destinado a cambiar nuestro mundo, a desafiar nuestras ideas? Dimitar Sasselov, astrofísico de Harvard, asegura que “existe un desarrollo científico que lo cambiará todo y trascenderá la historia humana. Ya está de camino y se llama biología sintética”.

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Afirmar que ya no queda nada por descubrir cuando apenas si nos hemos adentrado en el genoma humano (Freeman Dyson me decía hace un mes que conocemos las letras pero aún no hablamos su idioma), cuando algo similar ocurre con nuestro conocimiento del cerebro, si aún no sabemos el origen de la vida, o al pensar que las dos clases de materia y energía conocidas constituyen solo el 4% del universo, el resto, el 96% restante es materia y energía oscura, me hace pensar en Platón y una caverna. ¿Podría ser acaso que demos por sentado que esto es todo y estemos viendo sombras? Thomas Kuhn lo define perfectamente cuando señala que “ser admirablemente exitosa no es nunca, para una teoría científica, ser completamente exitosa”.

Cada disciplina científica atraviesa cuatro etapas: la explicación de las leyes que la rigen, la medición de estas leyes, experimentación con ellas y finalmente, la manipulación. Puede que nuestro avance nos esté llevando a una quinta fase en la cual logremos crear algo nuevo. Y aquí es cuando surgen los genios.

La decisión de abandonar un paradigma es simultáneamente a la decisión de aceptar otro. Para ello, resalta Kuhn, se necesita valor. No creo que el futuro avance de la ciencia tenga tanto que ver con la cualidad de inteligencia excelsa de personas de la talla de Newton, Einstein o Darwin, sino con otra propia de estas mentes únicas, aquella que les permitió enfrentarse a un paradigma establecido y abrazar uno nuevo, aunque vaya en contra de la corriente, es una cualidad, llamémosla con grandilocuencia, de superhéroes de la ciencia: científicos que se atreven a ser denostados porque creen firmemente en perseguir una idea opuesta al dogma. Y es que todos los que usted menciona en su carta, estimado Simonton, pudieron haber sido precedidos o seguidos por otros. Pero fueron ellos los que, pese a ser perseguidos, enjuiciados y dejados de lado, desafiaron las normas establecidas. Y eso es lo que los convirtió en genios.

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