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Respuesta a Nature

Estimado Dean Keith Simonton:

Debo ser un animal de costumbres, pero cada vez que sale un experto a señalar un futuro en el que hemos llegado a cubrir la cuota de innovaciones o innovadores siento como un tic me sube por la espina, se me curva en los labios y me hace girar el cuello de un modo que ni Linda Blair en El Exorcista.

Me sucede a la sola mención de Lord Kelvin y eso que este noble inglés a los 10 años fue admitido en la Universidad de Glasgow, cuando cumplió los 20 publicó artículos tan innovadores en matemáticas puras que los firmaba con un seudónimo para no avergonzar a sus profesores, formuló la segunda ley de la termodinámica, escribió revolucionarios trabajos sobre electromagnetismo y teoría de la luz y, por si fuera poco patentó casi 70 inventos y escribió más de 650 artículos científicos. Pero resulta que en el año 1900, no va y tan tranquilo asegura que “ahora no hay nada nuevo que descubrir en física. Todo lo que queda son mediciones cada vez más precisas”. Cinco años después Einstein le salta a la yugular con una teoría que transformó toda la física.

También andan por ahí, rumiando sus afirmaciones, los astrónomos ingleses Sir Harold Spencer Jones y Richard van der Riet Woolley. El primero mordiéndose la lengua desde que en 1957 afirmó, en la revista New Scientist: “Soy de la opinión que pasarán generaciones antes que el hombre aterrice en la Luna. Y si, eventualmente, tuviera éxito, tendría muy pocas esperanzas de retornar sano y salvo a nuestro planeta”. Y el bueno de Richard por señalar un año antes,en la revista Time, que los viajes espaciales son “un total desperdicio”.

Yo pensaba que el tic casi había desaparecido, estimado Simonton, pero parece ser que no. Cada vez que leo la carta que publicó en Nature vuelve con más brío. Respeto su opinión, indudablemente formada y fundada después de 30 años de dedicarse a estudiar el genio científico a través de su cátedra de psicología de la Universidad de California. Pero hay ciertos cosas con las que no coincido en absoluto. Vamos por partes. Básicamente, corríjame si me equivoco, su tesis es que no habrá más genios de la talla de Einstein, Darwin, Newton, Marie Curie o Louis Pasteur (por nombrar los que usted menciona) debido a que ya no quedan grandes retos, que el funcionamiento del mundo ya se ha dilucidado. Según sus palabras “Es difícil imaginar que los científicos han desestimado algún fenómeno valioso en su campo. Los avances futuros se darán en base a lo que ya se sabe más que en conocimientos fundamentales.”

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Por ejemplo usted asegura que Galileo fue un genio porque fundó una nueva disciplina, la astronomía telescópica. Primero le recuerdo que el telescopio se creó (y aparentemente por un español) casi dos décadas antes que Galileo comenzara a observar el cielo. Es decir, el genio de este italiano fue posible gracias a una nueva tecnología. Pero si no hubiera sido él, otro habría tomado su relevo porque, como dice el libro de Thomas Kuhn, Estructura de las revoluciones científicas, que usted cita y del que voy a abusar para también fundar mis razones: “A principios del siglo XVI un creciente número de astrónomos de los mejores de Europa reconocían que el paradigma astronómico fallaba al aplicarse a sus propias tradiciones. Ese rechazo fue un prerrequisito para que Copérnico rechazara el sistema ptolomeico en su búsqueda de uno nuevo. (…) De hecho la teoría inicial de Copérnico, aunque más elaborada, no era ni más simple ni más exacta que la del sistema ptolomeico.”

Y, segundo, asegura en su carta que “por más de un siglo cualquier nueva disciplina es hija de otras dos, como la astrofísica, la bioquímica o la astrobiología…”¿No entra la astronomía telescópica en ese ámbito entonces? Y con ello, de ningún modo desmerezco la calidad de genio del sabio italiano, más bien me atrevo a cuestionar su afirmación.

Algo similar ocurre con Darwin a quien usted le etiqueta como el fundador de la biología evolutiva… una idea que ya rondaba la idea de diferentes estudiosos de la época (uno de ellos de su propia sangre: su abuelo), como por ejemplo Alfred Russel Wallace quien cinco años antes publicó Sobre la ley que regula la introducción de nuevas especies y que instó a Darwin a apurar la escritura de su libro.

O con Lavoisier y cómo desarrolló su teoría de la combustión del oxígeno que, como relata Kuhn en el libro citado “comienza en el sigloXVII con la creación de la bomba de aire y su uso en química y luego con Cavendish, Prestley y Scheele que desarrollaron varias técnicas novedosas para distinguir una muestra de gas de otra.”

Esto ocurre en casi todos los casos que usted menciona en su epístola a los genios. Todas estas mentes luminarias se han servido de innovaciones o descubrimientos hechos por sus pares…como lo declara el propio Newton cuando asegura que “Si pude ver más lejos es porque he subido a hombros de gigantes” (aunque la frase original sea de Bernardo de Chartres, lo cual es una confirmación en sí misma).

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Sí coincido con usted cuando señala que “las ciencias naturales se han convertido en algo tan grande y su base tan compleja que la mayoría del conocimiento innovador viene de equipos que colaboran persiguiendo un mismo objetivo.” En terminos comparativos contamos con grandes ventajas respecto a la “era heróica” de la ciencia entre los siglos XVI y XVII: la comunicación entre pares es mucho más fluida e instantánea, lo que permite la formación de equipos de trabajo en distintos sitios del planeta. Ejemplo de ello es el CERN.

Por ejemplo, descubrir vida en la Luna sería un cambio de paradigma, descubrirla en otro sitio del Universo no, ya que la primera es algo que jamás esperaríamos, en cambio la segunda entra en el terreno de lo probable. Por lo tanto le pregunto: un investigador, llamémosle Craig Venter, por poner un nombre, que se convierte en el primer ser humano en crear vida artificial…no entra en la categoría de genios? No, crea acaso una nueva industria, un nuevo camino destinado a cambiar nuestro mundo, a desafiar nuestras ideas? Dimitar Sasselov, astrofísico de Harvard, asegura que “existe un desarrollo científico que lo cambiará todo y trascenderá la historia humana. Ya está de camino y se llama biología sintética”.

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Afirmar que ya no queda nada por descubrir cuando apenas si nos hemos adentrado en el genoma humano (Freeman Dyson me decía hace un mes que conocemos las letras pero aún no hablamos su idioma), cuando algo similar ocurre con nuestro conocimiento del cerebro, si aún no sabemos el origen de la vida, o al pensar que las dos clases de materia y energía conocidas constituyen solo el 4% del universo, el resto, el 96% restante es materia y energía oscura, me hace pensar en Platón y una caverna. ¿Podría ser acaso que demos por sentado que esto es todo y estemos viendo sombras? Thomas Kuhn lo define perfectamente cuando señala que “ser admirablemente exitosa no es nunca, para una teoría científica, ser completamente exitosa”.

Cada disciplina científica atraviesa cuatro etapas: la explicación de las leyes que la rigen, la medición de estas leyes, experimentación con ellas y finalmente, la manipulación. Puede que nuestro avance nos esté llevando a una quinta fase en la cual logremos crear algo nuevo. Y aquí es cuando surgen los genios.

La decisión de abandonar un paradigma es simultáneamente a la decisión de aceptar otro. Para ello, resalta Kuhn, se necesita valor. No creo que el futuro avance de la ciencia tenga tanto que ver con la cualidad de inteligencia excelsa de personas de la talla de Newton, Einstein o Darwin, sino con otra propia de estas mentes únicas, aquella que les permitió enfrentarse a un paradigma establecido y abrazar uno nuevo, aunque vaya en contra de la corriente, es una cualidad, llamémosla con grandilocuencia, de superhéroes de la ciencia: científicos que se atreven a ser denostados porque creen firmemente en perseguir una idea opuesta al dogma. Y es que todos los que usted menciona en su carta, estimado Simonton, pudieron haber sido precedidos o seguidos por otros. Pero fueron ellos los que, pese a ser perseguidos, enjuiciados y dejados de lado, desafiaron las normas establecidas. Y eso es lo que los convirtió en genios.

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Groenlandia, el hielo y el periodismo. No tan de acuerdo

Dos días atrás, un tweet me golpeó de lleno en la cara: “Groenlandia pierde el 98% de su hielo en pocas horas”.  Confieso que no me pareció creíble y lo desheché (según la RAE deshechar es el acto de ocultar algo con disimulo) enseguida…y también confieso que Luis Alfonso Gaméz tuvo la visión necesaria y única para seguir la historia desde un punto de vista crítico y elocuente que desnuda muchos fallos del periodismo actual. Gaméz inicia desde Magonia su post del siguiente modo: “Multitud de medios de comunicación españoles han informado hoy de que Groenlandia perdió casi todo su hielo durante cuatro días este mes, según datos procedentes de satélites de la NASA. Una falsa noticia, basada en una información real emitida a media tarde de ayer por la agencia espacial estadounidense.” La realidad es que el comunicado original de la Nasa habla de hielo superficial. Una nada sutil diferencia que Arturo Quirantes acertada y científicamente señala confirmando que si esto hubiera ocurrido, los niveles de los mares, en todo el muno, hubieran ascendido unos 10 metros.

Concuerdo en en gran parte en lo que dice Gaméz. Fueron muchos, demasiados, los medios que se hicieron eco de esta noticia sin detenerse a confirmar o cuestionar la fuente o consultar el comunicado original de la misma. La Razón, Terra, CNN México y otros numerosos medios de toda Latinoamérica que se hicieron eco del titular.
Pero la noticia no es falsa, es errónea. Vale, es una mentira, pero quiero creer, con inocente espíritu corporativista, que todo obedece a un error de traducción/lectura/comprensión del periodista de turno. Y no es extraño. De acuerdo con un estudio de la consultora Ipsos, el 70% de los españoles reconoce que el inglés es importante o muy importante,  el 17% afirma leerlo correctamente, el 14% lo entiende cuando lo escucha, el 11% señala que lo habla con fluidez. Pero sólo el 4% lo estudia.
Pero creo que el gran peligro no es el tratamiento de la información, sino la formación. Todos, sí, todos, cometemos errores, aprendemos de ellos y continuamos. Aprendemos en la profesión, cualquiera sea, en este caso la periodística, de nuestros colegas, de sus críticas y sus consejos generosos,  a ejercer un pensamiento crítico que nos beneficia a todos.
Sigo coincidiendo con Gaméz en cuanto a que las meteduras de pata a menudo obedecen a no consultar la fuente, a la búsqueda de un titular impactante o a no contactar con un experto. Y también habla de casino online otra razón/excusa que comenta: la existencia de sistemas automáticos de publicación de contenidos.

Y aquí es cuando me revelo (RAE: descubrir lo ignorado). Creo que ese tipo de razonamiento es un arma de doble filo. Tenemos una capacidad innata para cometer errores, la vamos reduciendo a medida que nos hacemos más experimentados (que no expertos) en un tema, pero al mismo tiempo poseemos la cualidad de la creatividad, una virtud única y de la cual rara vez sacamos provecho. Pretender que no cometamos errores (y hubo medios como SINC o RTVE que no siguieron a la corriente y fueron a buscar el comunicado original) es una utopía. Para ello ya existen, desafortunadamente, máquinas.

 


La compañía estadounidense Narrative Science,  por ejemplo. Kris Hammond y Larry Birnbaum, sus creadores, son directores del Laboratorio de Información Inteligente (?) de la Universidad NorthWestern. Ellos han desarrollado un programa informático que escribe artículos periodísticos basados en datos e información disponible en internet: reportes financieros, noticias deportivas, reportajes para periódicos médicos y cifras de encuestas…Todo lo hace en 60 segundos, a un coste de 10 dólares por documento. Y no sólo no comete errores, sino que, expertos en idiomas, aseguran que no han podido diferenciar entre lo que este software genera y lo escrito por un periodista.
Este software ya ha sido vendido a 20 empresas que declaran que han incrementado su trafico en la web un 40% gracias a estos artículos…y a su bajo precio seguramente.
Los periodistas que no cometen errores, son aquellos mismos que copian y pegan las noticias de las principales publicaciones especializadas, llenando las redes sociales de titulares traducidos sin generar un contenido o una idea original. Un ejemplo muy reciente, de hoy mismo, para qué buscar más, es el de la BBC  (sí. la BBC!) que copió y pegó este artículo del original de Nature

Narrative Science hace esto por el precio de un bonometro. No digo que sea necesario cometer errores, el ideal sería, por supuesto no hacerlo. Pero el objetivo de todo periodista también es ofrecer piezas originales, únicas, llenas de contenido crítico, de puntos de vistas alternativos y fundamentados, algo que, por ahora una máquina no puede hacer. Y, desde mi punto de vista, esta es la gran deuda del periodismo científico (porque es el que me toca, el que me gusta y a través del cual me manifiesto) con el público.
Los titulares científicos están disponibles ampliamente para quien quiera buscarlos. Copiar el título y pegar la fuente lo único que hace es que el lector, desde ese momento, acuda al original y prescinda del intermediario que solo ofrece un continente y ningún contenido. Una vez que consigamos esto, la veracidad vendrá sola. Es eso o ponerle fecha de caducidad a nuestro trabajo.

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