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El rescatador de libros

Okano Nobuo lleva 33 años resucitando libros. Los mima, les devuelve su “salud” y los regresa a sus dueños como nuevos. Para ello utiliza herramientas muy básicas: cincel, prensa de madera, pegamento y poco más.
El mimo de hoy fue la tecnología del pasado, pero una que no volverá: resulta imposible imaginar un artesano que en 20 años trabaje restaurando e-books, tablets o smartphones.

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En el vídeo se puede observar a Nobuo trabajando, una a una las mil páginas del diccionario inglés-japonés que un padre le quiere regalar a su hija que irá a la universidad. El antes y el después es asombroso. Para Nobuo, lo que “nos atrae de los libros no es su exterior, sino lo que llevan dentro”, una declaración de humildad inmensa para alguien que trabaja la paciencia con semejante devoción

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El hombre que susurraba a la arena

Andrew Clemens nació en 1857 en Estados Unidos. A los cinco años contrajo encefalitis, una enfermedad que lo dejó completamente sordo y prácticamente mudo. Y bastante aislado.

Quizás por eso Clemens hubiera sido un buen desafío para William Hedgcock, científico de la Universidad de Iowa quien publicó un artículo asegurando que la paciencia es un bien finito y que una vez que se acaba, perdemos la capacidad de autocontrol. ¿Por qué esta afirmación?

Desde los trece años y hasta su muerte, en 1894, Clemens se dedicó a acumular granos de arena, prácticamente uno a uno, en frascos, trazando dibujos únicos y precisos en los que no se utilizó ningún tipo de pegamento. Es indescriptible la paciencia que debió tener este artista para poder conseguir obras tan llamativas.

Sus obras se han subastado en numerosas oportunidades y han llegado a los 35.000 euros. Desafortunadamente poco se sabe de su técnica, salvos que utilizaba herramientas que él mismo diseñaba y que las obras más complejas podían tomarle hasta un año de trabajo. Se sabe que realizó cientos de botellas con diseños de arena, pero muy pocas han sobrevivido hasta nuestros días.

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Los señores de la Ciencia

Cerca de un céntimo de cada dólar recaudado en Estados Unidos va a parar a la Nasa.  Mientras en España, las inversiones en ciencia se recortan cada vez más. Entre ambas opciones (invertir más en ciencia o recortar lo más posible) hay varias posturas. Hay quienes señalan que el dinero de nuestros impuestos debe ponerse al servicio, entre otras cosas, del progreso de la nación y aquí la ciencia tiene mucho que decir. Mientras otros aseguran que a veces se dilapida en investigaciones o proyectos que no generan ninguna patente económicamente rentable…vamos que no producen beneficios.
Resulta fútil la discusión acerca de si los gobiernos deberían invertir más en investigación y desarrollo. Por dos razones, una de sobremesa (yo tengo mi opinión y tu la tuya) y otra de sobrepeso (al gobierno, cualquiera sea este, no le importa nuestra opinión).
Puede que la nuestra no le importe…pero hay una que comienza a inquietar a los gobiernos más poderosos: la actividad de los señores de la ciencia.
De acuerdo con el diccionario de Economía de Oxford, desde 1780 el 90% del crecimiento de Inglaterra y USA se debe a la innovación. Ambas naciones apostaron sus impuestos al caballo de la investigación y crecieron. Otro tanto está haciendo China y así le va. Qatar no quiere depender del petróleo y busca eludir el ejemplo de la España del siglo XVI que vivía del oro de las colonias, no invertía en conocimiento, importaba todos los productos y terminó en bancarrota. Es uno de los pocos países musulmanes que está invirtiendo en ciencia y cuenta con un enorme parque científico y tecnológico que se nutre de una universidad que aporta expertos en diferentes campos.
Y hasta hace poco este era el sistema imperante: los países invertían en universidades o centros de investigación que generaban patentes que, a su vez, producían dinero.

Pero desde hace unos años, los cerebros universitarios más privilegiados se desprenden de cualquier columna vertebral institucional y fundan su propia empresa: los ejemplos más conocidos son Microsoft, Dell, Napster, Google, Yahoo. También está George Church y sus empresas de investigación en genética, Pranav Mistry y su Sixth Sense y así miles. Aún en España, por ejemplo María Blasco y Life Lenght.
Todos ellos son científicos o estudiantes universitarios que crearon una empresa a partir de una idea que demostró ser redituable. El hecho es que ahora algunos han ido un paso más allá. Y podría estar aquí el futuro de la ciencia…que sea algo bueno o no, aún no lo sabemos.
Hoy mismo se presentará en el Museo de Vuelo de Seattle, Estados Unidos, la empresa Planetary Resources cuyo propósito será desarrollar tecnologías y sistemas que permitan la exploración del sistema solar low-cost. También se dedicará a la explotación de los recursos naturales….y poco más se sabe. Excepto quienes son sus fundadores: James Cameron (quien recientemente ocupó las portadas científicas con su exploración de las Fosas Marianas), Larry Page y Sergey Brin de Google y Charles Simonyi de Microsoft, entre otros.
Richard Branson, con Virgin Galactic, es otro ejemplo.
El dilema es qué ocurrirá cuando Planetary Resources descubra nuevos yacimientos o cuando el viaje de exploración de Craig Venter por los océanos del mundo le permita modificar un alga para absorber el CO2 de la atmósfera o cuando algún otro magnate se meta en el campo de las neurociencias y financie un nuevo microchip para mejorar la memoria.
Los señores de la ciencia pagan sus impuestos a los gobiernos, pero estos seguramente sean los primeros interesados en comprar sus futuras patentes y así se establecerá un feudo más fuerte aún en el cual deberíamos saber cómo movernos para saber hacia dónde vamos.

Lo dicho anteriormente, por ahora, ni mejor ni peor. Pero sí diferente.

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